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De Quimeras y Ensoñaciones

Una cuarta vez

Nena, saca la basura, le solía decir su madre. Y ella no contestó.
Nena, por favor, anda, baja la basura, le repetía por segunda vez. Y ella le dijo que no podía.
Estoy cansada, hija, le reiteraba la madre por tercera vez, toma la bolsa y llévala. La hija se hacía la sorda, quizá la madre no volviera a insistir, pero se equivocaba, la madre volvió a insistir por cuarta vez, ella conocía a su hija y sabía que diría que sí.
Venga, hija, yo te acompaño, pero tú llevas la bolsa. Y ella claro, dijo sí. Ella necesitaba una cuarta vez.
¿Es mucho pedir?
¿Es mucho insistir?
E hizo de ello un juego, era divertido que le repitiesen las cosas hasta cuatro veces, ya que ello significaba que de algún modo estaban interesados en ella, y que no era simplemente una pregunta más del tipo aquel, ¿cómo te llamas, bonita?, a la vez que le pellizcaban los mofletes.

Y siguió jugando a aquel juego, incluso cuando cumplió los quince, su mejor amiga le invitó a acompañarla al cine, ella no dijo que si ni que no, habían discutido, se habían enfadado días antes, un enfado de los de siempre, y necesitaba saber si realmente aquello era sincero, su amiga se lo volvió a preguntar por segunda vez, y recibió por contestación que lo estaba pensando, a la tercera vez recibió una contestación similar y como su amiga la conocía y sabía y quería que deseaba acompañarla al cine, se lo preguntó por cuarta vez, y entonces las dos vieron juntas la película titulada “la boda de mi mejor amigo”.

¿ Era un juego cruel? . Pssch. Dependía del otro, no de ella, ella esperaba hasta cuatro veces, sino, no valía la pena. Y muchas veces se equivocó, realmente muchísimas veces.

Cuando el cura le preguntó por primera vez si quería casarse, bajó la mirada, miró sus manos entrelazadas y guardó un antojadizo silencio.
El sacerdote lo volvió a preguntar por segunda vez, algo confuso y extrañado, ella le miró a los ojos, sonrió, bajó de nuevo la cabeza y atesoró un nuevo y caprichosamente juguetón silencio. El novio le propinó un codazo en el antebrazo, ella dijo, ¡Aauuu¡, se restregó el antebrazo con la otra mano, le miró, sonrió y volvió a observar silencio. El sacerdote le miró a él, increpándole, la miró a ella, con compasión, miró hacia la gente que copaba todos los bancos de la iglesia y sobre la cual se desplegaba un manto de perplejidad, extendió las manos abiertas y levantó por tercera vez la voz, para trasmitir de nuevo la misma pregunta, ¿quieres casarte con él? . Ella alzó la vista, sonrió, dejando entrever sus dientes blancos y pequeños, miró a su novio, de forma alegre y feliz, y bajó de nuevo la mirada, sin contestar, sin hablar, sin decir nada. Esperando, esperando por una cuarta vez la misma pregunta, una cuarta vez que no llegó nunca.
El sacerdote ante el silencio reiterado, dibujó en el aire una cruz, tomó las manos de ella, las colocó encima de las de él, en un gesto tal cual les estuviera diciendo, consultarlo entre ambos, y les dio la espalda, subió los tres escalones del altar, y desde el púlpito explicó que la ceremonia quedaba suspendida momentáneamente.
El público asistente, incrédulo, cuchicheaba, los dos novios, permanecían de pie frente al altar, franqueados por los padrinos. El novio la agarró con las dos manos ,por los antebrazos, la zarandeó, ella le dijo que le hacía daño, no le hizo caso, le arrancó el velo que cubría su rostro y le espetó varias palabras malsonantes e hirientes delante de todos los presentes a la boda, palabras fuertes que hicieron incluso sonrojar a la madrina y hacer abrir de forma desorbitada los ojos, en un signo de estupor y asombro, a los asistentes de los primeros bancos de la iglesia, hasta donde habían llegado con claridad aquellas frases. Ella dejó caer una lágrima, su sonrisa se había transformado en un rictus de amargura, la cuarta pregunta no había llegado, él, irritado, abofeteó su humedecido rostro, ella se tambaleó como un borracho por el golpe, el padrino la sujetó por el talle para que no cayese al suelo, ella miró a aquel que tanto había amado y en sus ojos asomaron nuevas lágrimas, no de dolor, sino de incredulidad y brotó una rabia infinita, su mirada se había convertido en cuchillos que querían asesinarlo.
Te odio, le dijo, Te odio.
Se desprendió de las manos que le sujetaban el talle, miró hacia la gente, que en pie guardaba silencio, se adelantó dos pasos, se volvió de nuevo hasta el altar y gritó:
¡No, padre, no quiero casarme con este hombre!.
Cogió los anillos de mano del padrino y se los arrojó a la cara, a la cara del pretendiente repudiado, y luego muy orgullosa, emprendió rumbo hacia la salida, con la cabeza alta, soberbia, altiva, como un héroe de leyenda triunfador de mil batallas que atraviesa debajo del arco del triunfo, rodeado de sus fieles guerreros, a ella, el público asistente a la ceremonia le tendió un arco triunfal, pero en vez de vítores y pétalos de rosas y espadas entrecruzadas, le acompañaron murmullos, algún grito, algún insulto, muchos lamentos, y sólo un fiel guerrero la escoltaba dos pasos atrás. Cuando atravesó la puerta del templo, ni siquiera miró lo que había dejado a sus espaldas, hasta que unos brazos fuertes la detuvieron, la atrajeron hacia sí y le preguntaron algo que no entendió, de nuevo las lágrimas. El padrino la acompañó hacía el coche nupcial, que esperaba unos metros más allá de la puerta del oratorio, ella entró, él se colocó al volante y arrancó, ella miró por última vez hacia el santuario, la gente se había congregado junto al pórtico, pero su ya ex-prometido no estaba entre ellos.
De rodillas, junto al altar, no alcanzaba a comprender lo que había sucedido, ella había guardado silencio, ¿Por qué?. La quería, pero no la conocía, no sabía que ella necesitaba una cuarta vez, una cuarta pregunta. Se había enfadado, cabreado, se sentía maltratado y a su vez..., la bestia que llevaba dentro había despertado y se reveló.

Cuando el coche se detuvo en las afueras de la ciudad, ella le dijo al padrino que nunca había estado tan enamorada de un hombre como de aquel a quien acababa de rechazar, pero que las palabras que le había arrojado a su cara y la bofetada que le había propinado le habían hecho mucho daño, le habían herido tan profundamente que no deseaba volver a verlo nunca y que gracias a la tontería estúpida de su juego infantil había descubierto quien era ese hombre con el que había mantenido una relación tan estrecha durante los últimos tres años, ahora sabía realmente quien era y qué podía llegar a ser.

Y ella jamás le diría a él porque necesitaba que las personas le preguntasen hasta cuatro veces antes de poder responder a una pregunta tan importante.

Para terminar la historia en condiciones, debéis de saber que a lo largo de unos años, aceptó como compañero sentimental, al padrino de su fracasada boda, pero nunca firmó un contrato marital, pues afirmaba que los curas únicamente preguntaban tres veces.

Una nueva amistad

Preludios para entender lo que vais a leer: El protagonista escribe sobre un diario el sentimiento pasional de amistad que aún siente hacía una persona, persona que lo ha abandonado, y como consecuencia de ese olvido, él busca una nueva amistad que nunca le abandone, y lo encuentra paradójicamente en ...


Sobre el diario garabatearé palabras para rellenar el hueco vacío dejado por ti, verteré lisonjas y un discurso panegírico tan lleno de encomio y alabanzas que te harán entender mis sentimientos de amistad sinceros que aun hoy todavía siento, incluso más pasionales y verdaderos, y puesto que te fuiste sin despedir, sin una voz de aliento ni esperanza, tan solo el olvido, una nueva amistad, fiel, sincera, leal, se ha instalado en mi, ahora que tú ya no estás.
Le he abierto los brazos de par en par y ella se ha dejado acariciar, mimar, ha aceptado mis lisonjas y agasajos y comparte su tiempo conmigo, a mi lado, zalameramente instalada entre arrumacos y carantoñas llenas de complicidades, besos y afecto. Tiene un parecido al folio en blanco sobre el que escribo, misteriosa, callada, triste y profunda, a tan desesperante amistad me ha condenado tu huida, tu olvido. Hay pequeños instantes en los cuales me rió con ella, pero no es como tú, los más son melancolía y aturdimiento, ingratitud y desdén. A veces la abandono cuando escribo, y pienso en ti, pero al terminar, ha vuelto, y no quiere abandonarme, ya te dije que es la más fiel que conocí y jugaré con ella y le hablaré y seré su compañero, su amigo, y desde ya, desde este segundo de gloria que te di, yo también te dejaré, pues el olvido y la indiferencia hieren más que el odio, y sacaré a pasearla a ella, a mi nueva compañera y sustituirá tus silencios angustiosos y llenará mi olvido, ven, soledad, abrázame un ratito.
Te llevaré conmigo a la cama, y al despertar te llevaré agarrado de la mano, bajaremos las escaleras del portal de dos en dos y esperaremos en el andén de la vía número cinco la llegada de nuestro destino, y subiremos al tren, sin soltarte de la mano, y te sentarás sobre mis rodillas para no ocupar un asiento y al fin, en nuestra parada, nos bajaremos despacio, volveremos a bajar y a subir las escaleras de dos en dos y al llegar al lugar donde vamos, te sentarás a mi lado, en la silla vacía destinada a tu presencia, y mirarás curiosa los montones de papeles sobre la mesa, desordenados, en un orden solamente entendibles por mi, el orden dentro del desorden, papeles llenos de cifras, dígitos y números aburridos y anodinos que no te dicen nada y te contaré mis cuitas y sinrazones y tú escucharás, soledad, en silencio, sin contestar ni interrumpir mi monólogo de congojas y zozobras, mi aflicción de espíritu insuflado de pecados y corroído de deseos y anhelos que no entenderías , ¿sabes el motivo?, ¿sabes por qué no entenderías mis antojos vehementes?, el motivo es que te apartarían de mi lado, esas son las cuitas que te cuento, mi compañera del alma, mi traición, te la cuento al oído, ¡Que te vayas a ser feliz al lado de otro!, no quiero volver a decirte que te quiero, soledad, nunca mas y a cambio de mi alevosa ingratitud de perfidia y deslealtad te ofrezco como trueque la libertad.
Ya, claro, no te quieres ir, ya lo se, se está tan bien a mi lado, ¿verdad?. Claro, que tú ya te conoces la historia de tantas otras veces repetida y al cabo de un rato se te abrirá la boca de tedio y aburrimiento, más de que sueño y de cansancio y te propondré tomar un café para matar el hastío de la mañana glaciar que rodea nuestro mundo y dirás si con entusiasmo por romper la monotonía, pero antes, déjame acabar de repasar este expediente, para no dejarlo a medias. Ya está, vámonos. ¿Tú que tomas? . Uno muy dulce, claro, ¿un chocolate caliente está bien? . Ah, yo pago.
Y la mañana pasará, hundidos tú y yo, entre rancios olores a celulosa y bosque talado cuyo fin serán las tiras de papel teñidas de blanco, - mancilladas con numerajos y letras pedantes-, que ves sobre mi mesa, papeles, papeles y más papeles, que al cabo acabaran encerradas en el archivo, cuando no en el cubo de la basura, de sellos, de fechas, de simpleza, de un acabarse la vida que interrumpirá la trepidante y ensordecedora sirena, ululando en el aire y dejaré todo sobre la mesa y me iré intentando dejarte atrás, pero tú, taimada y sagaz, me verás alejarme y te cogerás de nuevo de mi mano y volveremos andando y al pasar por la plaza me dirás que quieres sentarte en un banco a dar de comer a las palomas que revolotean junto a la fuente, pero hoy te diré que no, levantaré las manos y me haré el loco, correré dando vueltas alrededor de la fuente, me mezclaré entre las aves que asustadas y alborozadas emprenderán el vuelo formando una nube que tapará el sol y cuando tú, soledad, te quedes extasiada contemplando el espectáculo multicolor, el aleteo furioso y colorista de tantas alas batiendo a un mismo ritmo y caigas en un regocijo sin par con esa escena teatral, entonces emprenderé la huida, te daré la espalda, me esconderé de ti, me iré sin despedirme, sin un adiós, sin un hasta luego, sin un para siempre, y ya no serás mi esclava por nunca, nunca más.
Ya sé, tienes razón, es cierto, fue tan solo una quimera. Me sentía tan extraño sin ti y tan culpable, corroído de remordimientos, que no pude dejarte abandonada y regresé a la plaza a buscarte para llevarte de nuevo, agarrándote de la mano, de regreso. Ya sabes que te quiero.

El Ruiseñor y la Rosa

Erase que se era la tercera fiambrera llena de frambuesa que una corneja pendeja le robó a una abuela la mar de resalada que en bata y alpargatas freía una tortilla de patatas a la puerta de su madriguera para llevársela a su hija, una coneja de largas orejas, que trabajaba de azafata en barajas, y para no dar más la lata , en el cuento de Alba me centro.

Una jovenzuela con la cara picada de viruela, soñaba en la ventana con un estudiante de su misma escuela, un cole pa`dultos era, osea, que de jovenzuela nada, más bien, casi abuela, esta tunanta de estudianta estaba pelín colada ada ada y muy enamorada.

- Él me prometió que bailaría conmigo higo higo si le llevaba rosas rojas - murmuró la tunanta- pero en el jardín no vi ni una, claro que, busqué sin gafas.
Un Ruiseñor la escuchaba desde su nido en la encina y se mosqueó un porrón, “¡¡ Que vamos a jo.er el cuento ¡¡ , que es al verres, que es el tío quien tiene que regalar las flores, que tú alucinas a colores, no me snifes pegamento o acabaras jodi Foster los cuentos ¡¡”

-Es que ni una, amos que ni una, ni una rosa roja en este garden de New Aveneu, Cachis en too lo que se menea, AY AY AY que me sabe a calisay, - lloró la tunanta por el vicio con los ojos rojos por el frío y alguna lágrima soltó, si, que lo vio el Ruiseñor- que la felichité dependa de cosas tan tarambanas como una rosa. Yo que estoy aprendiendo a escribir la o con un canuto y ya se decir la m con la a es ma y otra vez hace mamá, y alugo me aleí a toos los filolosofos esos, al tal Hipócrita ese o ¿era Hipócrates? , pa mi que va a ser los primero, que esto último no me suena a ná, y ando leyendo a toos los sabios como el que conduce a los toros en la plazas y lleva rabo, ¿como es ese sabio?, ¿como es?, como… ¡eso es¡, el del anís, el mono, el monosabio, jate tú, yo aleyendo a toas estas gentes y acá ando quejicaándome y suspirando por una rosa. Tienes Güevos la cosa.

El ruiseñor le dijo a la encina, aunque esta, la verdad, por uno le entraba y por otro oído le salía, “Eh aquí una atontolada mamorada, dando too el día la tabarra, ¡¡ Que tía más pesada ¡¡, y no tiene solución, no señor, pues apenas sale el sol, ya va y en la ventana nos da el tostón, desde el Alba ¿No podría irse a otro jardín? , pues no, tenía que ser aquí, pardiez, desde el Alba… hummmmm, Alba y pardiez , ya que tu nombre no sé, ya me lo inventé, je,je”

-Mañana es el fin de curso de la educación de adultos y hay una cena baile por la noche, pa menear el esqueleto -seguía quejándose Alba pardiez-, y allí estará mi amado. Si le llevo una rosa roja prometió bailar conmigo hasta el amanecer, le estrecharé entre mis brazos, él rodeará mi refajo, apoyará su cabeza sobre mi hombro, y su mano en la mía y se clavará una espina. No, no,no, que es un amor, no un mamón.
Pero como no hay ni una sola rosa roja en mi jardín, tendré que sentarme sola, cual Bridget Jones y él bailoteará delante de mí con la profe de Párvulos, sin ni siquiera mirarme y se me hará una carrera en la media y jo.er, todo por no tener una rosa roja que llevarle.

-Esta es una mujer con síndrome de querer -pensaba el Ruiseñor-. Yo canto como los monjes gregorianos y ella sufre cual si tuviera en el culo un grano; lo que pa´mí es alegría, para ella es ardor de estómago. No cabe duda que el amor es una cosa abominable, más hortera que las pantuflas de Mafalda y más rara que los burros volando. Ni con ungüentos se lo puede comprar, porque no se vende ni en el Carrecuatro ni se pesa en las balanzas del palacio de Justicia. ¡Que injusticia¡

-El dislloquei pondrá música Rap -decía Alba Pardiez-, y sonará por los cuadrafónicos (que no es que se celebre en una cuadra el baile ni que el dislloquei esté afónico, no, no, nada de eso) y mi amado bailará al son de un guitarra, bailará cual Rudolf Nureyev, el yéyé oh, yéyéyé, tan levemente, que sus pies casi no tocarán el suelo, y mis compis con sus trajes fastuosos, formarán corro en torno suyo para admirarle. Pero conmigo no bailará, porque no tengo una rosa roja para darle.
Y se arrojó sobre la hierba, y ocultando su rostro entre las manos, se puso a llorar amargamente

-Vaya Ridiculez¡ -dijo la encina al Ruiseñor- y se rió a carcajadas adas adas- llorar por una rosa, los humanos andan mal de la cabeza, y eso que son los pies los que usan para andar.

Pero el Ruiseñor se puso serio y le reprendió sus risas, y se puso a meditar sobre los misterios del amor. Hecho lo cual voló hasta un rosal y le pidió una rosa roja, este le contestó que no, que era puro, cual Norit el borregito y solo daba rosas blancas, aluego voló a otro rosal y lo mismo pidió, sorry, Sir, mis rosas solo son amarillas, del color del té, vete, vete, y se fue, y a otro y otro y ya cansado regresó de nuevo al jardín la tunanta Alba Pardiez, que seguía lamentándose de pie, sobre el alfeizar la ventana, por debajo de la cuala un viejo rosal trepaba, el Ruiseñor que en la ventana se posó a pregunta al rosal.
-Qué mono de pajarito-pensaba Alba Pardiez- si se dejara coger, me lo comería frito.
El rosal le dijo al pajarito que él claro que era un rosal de rosas rojas, pero el frío había helado sus venas y no tenía fuerzas. “Pero yo necesito una rosa roja” “Pues a esperar a la primavera” “No puedo, ¿Qué podría hacer por ti para que me dieras una para mañana?” “Tú vida, con tu sangre en mis venas, yo podría crear una rosa roja” .

El ruiseñor miro a Alba y cantó una linda canción, Alba pardiez tomo papel y pintó al pajarito dentro de una olla, a fuego lento, sin plumas, “canta bien, pero frito seguro que estaría rico” “Pájaro que vuela, mejor en la cazuela” , El Ruiseñor se ofreció voluntario para dar su vida y su sangre por la tunanta, se posó cerca de una larga espina y cantó dulcemente, a Alba las ganas de cocinarlo se le iban diluyendo, la espina del rosal se le iba clavando hacia el corazón del ruiseñor poco a poco, su sangre empezó a correr por las venas del arbusto. Alba miraba al pájaro sin entender nada. En una ocasión le gritó ¡Pájaro tonto, que te estás pinchando¡ . Una rosa empezó a brotar al otro extremo del rosal. La luna salió, Alba no podía dormir, el ruiseñor cantaba, la espina se le iba clavando más y más hacia el corazón, Alba pardiez que lo miraba y .. ¡Ya esta, este bobo es que ve mucha televisión y habrá visto la peli del pájaro espino¡ y la rosa que en la noche se iba vistiendo de color y ¡Zaca¡ llegó el día con Alba a la ventana, el ruiseñor muerto con el corazón atravesado y al otro extremo una rosa roja que Alba extrañada vio con las luces del alba.

Y con ojeras, legañas, sueño, pero con la rosa en sus manos, Alba pardiez acudió a casa de su compi de cole, que jugaba a clavar mariposas disecadas en una tabla
-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -exclamó la tunanta-. Aquí tienes la rosa más roja de todo el mundo. Esta noche la prenderás sobre tu corazón y como bailaremos juntos podré decirte cuánto te amo.
-No hace juego con el traje y corbata -repuso-, Y, la sobrina del noveno C me envió unas entradas para el baloncesto y tú tienes ojeras y legañas.
-Eres un ingrato incorregible -dijo Alba Pardiez y tiró con ira la rosa contra la tabla de las mariposas.
-¿Ingrata? -dijo -. Y tú una grosera. ¿Qué eres tú, después de todo? Sólo Alba pardiez, una estudiante de educación de adultos.
-¡Qué cosa más estúpida es el Amor! -se dijo Alba mientras caminaba-. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no demuestra nada y le habla a uno siempre de cosas que no suceden nunca, y hace creer verdades que no son ciertas. En realidad no es nada práctico, y como en estos tiempos ser práctico es serlo todo, volveré a la Filosofía con mi Hipócrita y al estudio de la Metafísica.
Y al llegar a su casa, abrió un libro lleno de polvo, y se puso a leer.



Pretendía ser una parodia de un cuento, pero poco a poco me iba gustando tanto el cuento real, que me ha costado mucho hacerlo en plan de humor, porque es muy bonito y muy triste, pero como tenía que acabarlo, una vez empezado con él, lo he hecho lo más rápido posible, ya que no me sentía con ganas de darle un toque de humor. De todas formas aquí queda. Cada vez lamento más el haberlo estropearlo de esta forma, así que … para agraciarme con él, os dejo también el original … Es un cuento muy lindo.

EL RUISEÑOR Y LA ROSA

-Ella me prometió que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas -murmuró el Estudiante-; pero en todo el jardín no queda ni una sola rosa roja.
El Ruiseñor le estaba escuchando desde su nido en la encina, y lo miraba a través de las hojas; al oír esto último, se sintió asombrado.
-¡Ni una sola rosa roja en todo el jardín! -repitió el Estudiante con sus ojos llenos de lágrimas-. ¡Ay, es que la felicidad depende hasta de cosas tan pequeñas! Ya he estudiado todo lo que los sabios han escrito, conozco los secretos de la filosofía y sin embargo, soy desdichado por no tener una rosa roja.
-Por fin tenemos aquí a un enamorado auténtico -se dijo el ruiseñor-. He estado cantándole noche tras noche, aunque no lo conozco; y noche tras noche le he contado su historia a las estrellas; y por fin lo veo ahora. Su cabello es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios son tan rojos como la rosa que desea; pero la pasión ha hecho palidecer su rostro hasta dejarlo del color del marfil, y la tristeza ya le puso su marca en la frente.
-El Príncipe da el baile mañana por la noche -seguía quejándose el Estudiante-, y allí estará mi amada. Si le llevo una rosa roja bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja la estrecharé entre mis brazos, y ella apoyará su cabeza sobre mi hombro, y apoyará su mano en la mía. Pero como no hay ni una sola rosa roja en mi jardín, tendré que sentarme solo, y ella pasará bailando delante mío, sin siquiera mirarme y se me romperá el corazón.
-Este sí que es un auténtico enamorado verdadero -seguía pensando el Ruiseñor-. Yo canto y él sufre; lo que para mí es alegría, para él es dolor. No cabe duda que el amor es una cosa admirable, más preciosa que las esmeraldas y más rara que los ópalos blancos. Ni con perlas ni con ungüentos se lo puede comprar, porque no se vende en los mercados. No se puede adquirir en el comercio ni pesar en las balanzas del oro.
-Los músicos estarán sentados en su estrado -decía el Estudiante-, y harán surgir la música de sus instrumentos, y mi amada bailará al son del arpa y el violín. Ella bailará tan levemente, que sus pies casi no tocarán el suelo, y los cortesanos, con sus trajes fastuosos, formarán corro en torno suyo para admirarla. Pero conmigo no bailará, porque no tengo una rosa roja para darle.
Y se arrojó sobre la hierba, y ocultando su rostro entre las manos, se puso a llorar amargamente.
-¿Por qué está llorando? -preguntó una lagartija verde que pasaba frente a él con la cola al aire.
-¿Sí, por qué? -murmuraba una margarita a su vecina, con voz dulce y tenue.
-Está llorando por una rosa roja -explicó el Ruiseñor.
-¿Por una rosa roja? -exclamaron las otras en coro. ¡Qué ridiculez!
La lagartija, que era un poco cínica, se puso a reír a carcajadas. Sólo el Ruiseñor comprendía el secreto de la pena del Estudiante y, posado silenciosamente en la encina, meditaba sobre el misterio del amor.
Por último, desplegó sus alas oscuras y se elevó en el aire. Cruzó como una sombra a través de la avenida, y como una sombra se deslizó por el jardín.
En medio del prado había un magnífico rosal, y el Ruiseñor voló hasta posársele en una de sus ramas.
-Necesito una rosa roja -le dijo. Dámela y yo te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su ramaje.
-Mis rosas son blancas -le contestó-, como la espuma del mar y más blancas que la nieve de la montaña. Pero ve donde mi hermana que crece al lado del viejo reloj de sol, y puede ser que ella te proporcione la flor que necesitas.
El Ruiseñor voló hacia el gran rosal que crecía junto al viejo reloj de sol.
-Dame una rosa roja -le dijo-, y te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
-Mis rosas son amarillas -contestó-, tan amarillas como el cabello de la sirena que se sienta en un trono de ámbar, y más amarillas que el Narciso que florece en el prado. Pero anda a ver a mi hermano, que crece al pie de la ventana del Estudiante, y quizás él pueda darte la flor que necesitas.
El Ruiseñor voló entonces hasta el viejo rosal que crecía al pie de la ventana del Estudiante.
-Dame una rosa roja -le dijo-, y yo te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
-Rojas son, en efecto, mis rosas -contestó-; tan rojas como las patas de las palomas, y más rojas que los abanicos de coral que relumbran en las cavernas del océano. Pero el invierno heló mis venas, y la escarcha marchitó mis capullos, y la tormenta rompió mis ramas y durante todo este año no tendré rosas rojas.
-Una rosa roja es todo lo que necesito -exclamó el Ruiseñor-; ¡sólo una rosa roja! ¿No hay manera alguna de que la pueda obtener?
-Hay una manera -contestó el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtela.
-Dímela -repuso el Ruiseñor-. Yo no me asustaré.
-Si quieres una rosa roja -dijo el rosal-, tienes que construirla con tu música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu corazón. Debes cantar con tu pecho apoyado sobre una de mis espinas. Debes cantar toda la noche, hasta que la espina atraviese tu corazón y la sangre de tu vida fluirá en mis venas y se hará mía...
-La propia muerte es un precio muy alto por una rosa roja -murmuró el Ruiseñor-, y la vida es dulce para todos. Es agradable detenerse en el bosque verde y ver al sol viajando en su carroza de oro y a la luna en su carroza de perlas. Es muy dulce el aroma del espino, y también son dulces las campanillas azules que crecen en el valle y los brezos que florecen en el collado. Sin embargo, el Amor es mejor que la vida, y, por último, ¿qué es el corazón de un ruiseñor comparado con el corazón de un hombre enamorado?
Y, desplegando sus alas oscuras, el ruiseñor se elevó en el aire, cruzó por el jardín como una sombra, y como una sombra se deslizó a través de la avenida.
El Estudiante seguía echado en la hierba, como lo había dejado; y las lágrimas no se secaban en sus anchos ojos.
-¡Alégrate! -le gritó el Ruiseñor-. ¡Siéntete dichoso, porque tendrás tu rosa roja! Yo la construiré con mi música, a la luz de la luna, y la teñiré con la sangre de mi corazón. Lo único que pido en cambio, es que seas un verdadero amante, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, por muy sabia que ésta sea, y es más poderoso que la Fuerza, por muy fuerte que ella sea. Las alas del Amor son llamas de mil tonalidades, y su cuerpo es del color del fuego. Sus labios son dulces como la miel, y su aliento es como la mirra silvestre.
El Estudiante levantó la vista de la hierba y escuchó, pero no comprendió lo que decía el Ruiseñor, porque él sólo podía entender lo que estaba escrito en los libros.
En cambio, la encina comprendió y se puso a balancear muy tristemente, porque sentía un hondo cariño por el pequeño Ruiseñor que había construido el nido en sus ramajes.
-Cántame, por favor, una última canción -le susurró la encina-, porque voy a sentirme muy sola cuando te hayas ido.
Y el Ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que cae de una jarra de plata.
Cuando terminó la canción del Ruiseñor, se levantó el Estudiante y sacó del bolsillo un cuadernito y un lápiz.
-He de admitir que ese pájaro tiene estilo -se dijo a sí mismo caminando por la alameda-, eso no puede negarse; pero ¿acaso siente lo que canta? Temo que no, debe ser como tantos artistas, puro estilo y nada de sinceridad. Jamás se sacrificaría por alguien, piensa solamente en música y ya se sabe que el arte es egoísta. Sin embargo, debo reconocer que su voz da notas muy bellas. ¡Lástima que no signifiquen nada, o que no signifiquen nada importante para nadie!
Luego entró en su alcoba, y, echándose sobre su cama, comenzó de nuevo a pensar en su amor. Después de unos momentos se quedó dormido.
Cuando la luna alumbró en los cielos, el Ruiseñor voló hacia el rosal, y apoyó su pecho sobre la mayor de las espinas. Toda la noche estuvo cantando con el pecho contra la espina, y la luna fría y cristalina se inclinó para escuchar. Toda la noche estuvo cantando así apoyado, y la espina se hundía más y más en su carne y la sangre de su vida se derramaba en el rosal.
Cantó primero al nacimiento del Amor en el corazón de los adolescentes. Entonces, en la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo como canción tras canción. Al principio era pálida, como la niebla que flota sobre el río; pálida como los pies de la mañana y plateada como las alas de la aurora. La rosa que floreció en la rama más alta del rosal era como el reflejo de una rosa en un cáliz de plata, era como el reflejo de una rosa en espejo de agua.
El rosal le gritó al Ruiseñor para que apretara más su pecho contra la espina.
-¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor -gritó el rosal-, o el día llegará antes de haber terminado de fabricar la rosa!
Y el Ruiseñor se apretó más contra la espina, y más y más creció su canto porque ahora cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un joven y de una virgen.
Y un delicado rubor comenzó a cubrir las hojas de la rosa, como el rubor que cubre las mejillas del novio cuando besa los labios de su prometida.
Pero la espina no llegaba todavía al corazón del corazón, y el corazón de la rosa permanecía blanco, porque sólo la sangre de un ruiseñor puede enrojecer el corazón de una rosa.
Y el rosal le gritó al Ruiseñor para que se apretara más aún contra la espina.
-¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor -gritó el rosal-, o llegará el día antes de haber terminado de fabricar la rosa!
Y el Ruiseñor se apretó más aún contra la espina, y la espina al fin le alcanzó el corazón. Un terrible dolor lo traspasó. Más y más amargo era el dolor, y más y más impetuosa se hacía su canción, porque ahora cantaba el Amor sublimado por la muerte, el Amor que no puede aprisionar la tumba.
Y la rosa del rosal se puso camersí como la rosa del cielo del Oriente. Su corona de pétalos era púrpura como es purpúreo el corazón de un rubí.
La voz del Ruiseñor ya desmayaba, sus alitas comenzaron a agitarse, y una nube le cayó sobre sus ojos. Su canto desmayaba más y más, y sentía que algo le obstruía la garganta.
Entonces tuvo una última explosión de música. Al oírla la luna blanca se olvidó del alba y se demoró en el horizonte. Al oírla la rosa roja tembló de éxtasis y abrió sus pétalos al frescor de la mañana. El eco llevó la canción a la caverna de las montañas, y despertó a los pastores dormidos. Luego navegó entre los juncos del río que llevaron el mensaje hasta el mar.
-¡Mira, mira -gritó el rosal-, la rosa ya está terminada!
Pero el Ruiseñor no contestó, porque estaba muerto con la espina clavada en su corazón.
Ya era eso del mediodía cuando despertó el Estudiante; abrió la ventana y miró hacia afuera.
-¡Caramba, qué maravillosa visión! -exclamó-. ¡Una rosa roja! En mi vida he visto una rosa semejante. Es tan hermosa que estoy seguro que tiene un nombre muy largo en latín.
Se inclinó por el balcón y la cortó.
En seguida se caló el sombrero, y con la rosa en la mano, corrió a la casa del profesor.
La hija del profesor estaba sentada cerca de la puerta, devanando una madeja de seda azul, con su perrito a los pies.
-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -exclamó el Estudiante-. Aquí tienes la rosa más roja de todo el mundo. Esta noche la prenderás sobre tu corazón y como bailaremos juntos podré decirte cuánto te amo.
Pero la jovencita frunció el ceño.
-Me temo que no va a hacer juego con mi vestido nuevo -repuso-, Y, además el sobrino del Chambelán me envió unas joyas de verdad, y todo el mundo sabe que las joyas son más caras que las flores.
-Eres una ingrata incorregible -dijo agriamente el Estudiante, y tiró con ira la rosa al arroyo donde un carro la aplastó al pasar.
-¿Ingrata? -dijo la muchacha-. Yo te digo que eres un grosero. ¿Qué eres tú, después de todo? Sólo un estudiante, y ni siquiera creo que lleves hebillas de plata en los zapatos, como lo hace el sobrino del Chambelán.
Y muy altanera se metió en su casa.
-¡Qué cosa más estúpida es el Amor! -se dijo el Estudiante mientras caminaba-. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no demuestra nada y le habla a uno siempre de cosas que no suceden nunca, y hace creer verdades que no son ciertas. En realidad no es nada práctico, y como en estos tiempos ser práctico es serlo todo, volveré a la Filosofía y al estudio de la Metafísica.
Y al llegar a su casa, abrió un libro lleno de polvo, y se puso a leer.

Mañana

No tengo nada que decirte.
Crisis,
es pasajero,
mañana, nada más, estará lejos
pero hoy estoy muy triste
llorando sin lágrimas saladas
pero con recuerdos viejos
puñales ennegrecidos
sombras de cementerio
cucarachas de hastío
ojos sanguinolentos
soledades
aspavientos
remordimientos
culpabilidades

un cansancio infinito
en el alma descansada
mañana, nada más, habrá muerto
pero hoy ya no siento
la belleza del cielo y
únicamente veo en tu cara
una sonrisa demacrada .

¡ Que pena de mañana ¡

¿De que sirven los lamentos?

La castita presumida

Erase que se era una pera limonera y por más datos, extranjera, ¡¡ era la repera ¡¡ , caribeña, y una fresa platanera, ésta, europea, y una guindilla picante, esta, de Alicante, ándale vamos pa´lante con el cuento del martes.
Había una vez una nena muy coqueta y con coleta que encontró una moneda durante la feria de Antequera.
Hace un porrón de años, tantos, tantos, que el cuco del reloj de cuco era el ta ta ta ta ta ta ta taranieto del tataranieto del tataranieto del cuco que cuqueaba por entonces, que había una ratita tan hacendosa osa osa que una mañana barría el portal de su casa :
¡Así barría, así, así¡,
¡Así barría, así, así¡,
¡Así barría, así, así¡
¡¡¡¡ Así barríaaaaaaaaaaaaaaaaa ¡¡¡¡
¡¡Que yooooooooooooooooooooooooooooooo
la víiiiiiiiiiiiiiiiii ¡¡¡¡
(Esto es mentira, pues si hacía tanto tiempo es imposibol que yo la viera, además, ¡Qué las ratitas no barren portales¡, ¡¡¡ Ojala ¡!! . No habría que pagar al Emilio de aquí no hay quien viva )
Y barriendo barriendo encontró una monea, ea , Gitana, que tú serás como la falsa monea, que de mano en mano va, y ninguno se la quea.
¡Arsa esa milonga Gitana¡
Con el money money money del Cabaret de Liza Minelli la ratita no sabía que hacer, y se puso a meditar, ¿qué se compraría? ,
… ¿Un ferrari testa rosa?
… ¿Las Torres Kio de Madrid?
…¿La sierra de Gredos?,
No, eso eran vanalidades y además muy baratas atas atas.
Ca, ni modo.
Podría comprarse un cucurucho chucho chucho de caramelos sugus.
nonononono, se le picarían los dientes.
Quizá una escoba nueva, ni hablar, que eso lo comprará mamá,
…¿y un frasquito de colonia? , tampoco que eso se gasta y atrae a las mosca, mosquistos, moscones y otros animalitos menores,
.. asi que lo mejor de lo mejor era un lazito de color rosa osa osa para presumir y hacer rabiar a toas las roeoras del barrio y alrededores.
Ni cortá ni perezosa se lo fue a comprar, se lo probó ante el espejo y se encontró tan preciosa que quiso casarse pronto y enamorar a algún tonto que la quisiese por esposa, ella, nuestra ratita, desde aquel momento, y puesto que quería llegar inmaculada al bodorrio, y rechazaba todo insinuación sensual y sexual, un noviete despechado hizo correr la voz por todo el lugar y la ratita fue conocida a partir de tonces como “la castita presumida”, por pura y casta y pija, porque el lazo rosa era de marca, HASTA TENIA UN COCODRILO engastado en hilo de oro.
Un día, acertó a pasar por su ventana un patoso oso oso, no un oso patoso, ni un pato oso, sino un pato patoso, que al ver a la castita con el lazo alcoste se le hizo la boca agua, y pensó, esta boba es rica y con posibles, le voy a lanzar los tejos y si cuela la vida resuelta, asi que le dijo:
-¿Quieres casarte conmigo, vida mía, linda ratita?
-Quizá si, quizá no, Antes quiero oir tu voz – dijo castita-
La verdad es que lo cuentos son pelin cutres, eh, mira que bobada de condición que le pone la rata al pato para una boda, es que ¡Manda Huevos¡ . Si …, si…., si al menos le preguntara si es conde o marqués, o si la tiene grande y juguetona, ¡pero la voz ¡ , Jo.er. Amos, taría buscando a Plácido Domingo, que si no.
-¡Cua, cua! -respondió el patito.
-¡No, no, más que voz parece un grillo!
Y digo yo, ¿qué malo tienen los grillos?, pa mi que le rechazó porque los patos tienen dos patas y ella era casta y por ende mono, no mono chita de tarzán, no, gamo, no un bicho con cornamenta, sino todo arrejuntado, dos bichos en uno, el mono y el gamo, osea, casta y mono_gamo, al ser jembra castita sería monógama y como el pato era bígamo, al tener dos patas, pues por ello fue el rechaso.
Al otro cacho de rato acertó a pasar por la ventana ana ana (linda niña, aunque pelín alocada) un cerdo, ¡jate tú¡, un cerdo, ni más ni menos que todo un señor marrano, que al verla tan emperifollada pensó que sería toda una gozada verla con él en el barro revolcada, quiso llevársela al huerto para hacerle bajar los humos presuntuosos y remilgados de tan tiquismiquis y pijotescas lady lacitos, más que al huerto, se la llevaría a su pocilga, tan olorosa, tan fecal, tan dulcemente hedionda y se lo propuso sin mas cortapisas.

-¿Quieres casarte conmigo ratita? . Yo te haré feliz, te llevaré a mi casa toda ella perfumadita de brea, de incienso, de jazmín y mil olores.
( … Jugando con la marea te vas, pensando en volver. Eres como una mujer perfumadita
de brea que se añora y se quiere que se conoce y se teme… Mediterráneo.Serrat )
-Quizá sí o quizás no; antes quiero oír tu voz.
-¡Gruñ, gruñ!
-¡Oh, no, no, tus gruñidos son muy fieros!
Castita no era nada pusilánime, osea que no le importaba la fiereza, pero si le gustaba actuar con tacto, muy política, así que por no ofender al mal olor, prefirió hacerlo con los gruñidos idos idos.
Pobre cochino, se fue con el rabo entre los jamones a revolcar sus penas en el lodo.

Llegó rebuznando el asno, y al oir su voz tan ronca, castita presumida le dice que no enseguida. ¡¡ Vaya chasco.¡¡ .
Chasco, que no charco, que es donde el puerco del marrano se anda revolcando.
El asno, desagraviado, no se cortó un pelo y le grito enojado : “Tú lo que quieres, es un Enrique Iglesias, que te cante por las noches y te haga peripecias, Tú lo que quieres, es un tío como Mac Guiver, que te arregle la lavadora con dos cables y un chicle.” , Pues que sepas que si soy asno, asno soy y no caballo y si feo y bajito, pues no me importa ni un pito, pues Shrek el ogro es mi amigo.
¡Que te den, presumida! ¡Qué me piro, vampiro! ¡Contigo…Ni a cruzar el rio!
¡Asi se te destiña el lazito o se te descosa el cocodrilo¡ ¡ La uvas están aún verdes para esta zorra! –Digo, pa este asno. -
Pasa un gato bien plantado, un gato con botas principesco y relamido, trajeado con corbata ata ata, bien peinado y arreglado, alto, galán, de bigotes atusados, un don Juan, y, al oír su voz divina, muy coqueta, castita presumida lo remira y le dice a la primera, sin cortedad:
- Sí, mi vida.
Seráaaaa cursi esta castita presumida. Rechazar a un pato, a un cerdo y a un asno, todos ellos tan decentes y aceptar a la primera a un gato pelagatos. Así son las mujeres. Están a lo que les conviene.

El gato con botas la mira, se hace el interesante que no el interesado y maulla un susurro sibilino, un miaaauuuu, miaaauuu, tan divino que a castita se le erizan los pelos del bigote y el lazito se le resbala cual baba por la ventana a los pies del caballero con calzas de siete leguas.
-Ratita, ratita, amada, si me quieres por marido tienes que darme primero tres besos en el sombrero.
Que raro es el gato este, ¡Besos en el sombrero! Aunque pensándolo un poco, ¿a qué llamará sombrero este gato principesco? ¿Será al sombrero sombrero? . Peró, míiiiiaaaaaale, se lo ha quitado, y ahora lo sostiene entre las dos manos a la altura la bragueta, uy, uy, uy, aquí me parece que hay treta.
Don gato recoge el lazo y se lo ofrece en alto a castita, que lo observa toda prendada, perdidamente enamorada hada hada hada.
-Ahorita mismo bajo, don gato, no se me vaya a ir, a recoger mi lazo, darle un beso en el sombrero y apalabrar el restaurante del banquete de nuestro enlace conyugal, no se vaya caballero.
Y castita, toa nerviosita, que se va pa´l espejo, se maquilla, se peina, se pone colorete, se alarga las pestañas, se pinta los labios, se da sombra en los ojos, se sienta en el sofá a ver la fotonovela de las cuatro, se quita la bata y el chandal y se pone un vestido color gualda, después de ducharse y pasar dos horas en la sauna, apaga el gas, la luz, la tele, vuelve a mirarse al espejo, coge el bolso, vuelve al espejo, se retoca un pelo, vuelve a depilarse, llama por teléfono a su mejor amiga higa higa para contarle lo del gato, vuelve al espejo y han pasado un mes y un día desde que el gato con botas pasó por allí, y este ya lleva gastadas seis de sus siete vidas, atropellado por seis trolebuses mientras espera la salida de castita, y con barba blanca, cuando un día de estos, el gatito oye la puerta abrirse de la casa del segundo piso de castita, y se va a la barbería y vuelve todo elegante ante ante después de pasar por la floristería a por ramo de violetas y por la tienda de chocolatinas para comprar una caja bombones y aún le sobra tiempo para dar la bienvenida ida ida a su linda cosita, que llega dos horas después de abrirse la puerta, pues se entretuvo a rajar con la vecina.

-¡Que guapa estás, ratita¡ ¡Venga, un besito, que después te coloco el lazito en el rabito¡
El gato principesco, abre la boca, la ratita presumida, que asustada pega un brinco porque ve sus intenciones.
-Malandrín, que soy castita, el beso en el sombrero nada más, que es de fieltro. ¡No me seáis fistro de pecador, conde Mor¡
-Dejad al menos que os ponga el lazito en el rabito.
-Uy,uy,uy, no,no,no, por detrás no, por detrás no. Sos muy ladino, minino, muy ladino.

En esto que por la esquina aparece una linda gatita blanca, gatita de angora, meneando sus caderas, moviendo sus pestañas, maullando cual gata en celo, y es que en celo la gata estaba, y el gato de las siete leguas que se me pone cachondo, mira a castita de reojo,
¡¡ Diantres es una rata y yo soy un gato ¡¡

Castita presumida que se da cuenta entonces de todo, demasiado tarde, está indefensa delante de un gato y esta historia mal termina: la ratita castita presumida fue cogida de un zarpazo y, de ella, sólo queda el lazo sobre la pechera de una gata de angora en celo y blanca mientras es cubierta por un gato principesco que ni pa eso se quita la botas de siete leguas.

V. María

Vaya. Te has ido. Pues adiós. Te deseo suerte.

Que te vaya bien, que te pille un tren, que te parta un rayo. Je, esto era mi hermana disgustada y enfadada quien me lo decía, y viene al caso.

Ahorita me pregunto la cantidad de gente que conocí y se fueron, pluf, así, sin más, como tú, un hasta luego que desafortunadamente se convierte en eterno. Un Adiós sin más.
Unos que llegan, otros partiran … , (¿para que meteré esto aquí?)
Es raro, ¿verdad?, no volver a verte nunca, nunca más, nunca jamás de los jamases.
Pos güeno, fale, ándale con tu vida que es tuya y busca un sitio en ella, un poquito lejos, allá donde el queso huele tan solo en el paladar y la sidra cae desde lo alto a un cacho vaso de boca ancha, salvo que la escancie quien no sabe y cae al suelo.

Se nos olvidó el regalo. Se te olvidó derramar unas lágrimas en nuestra presencia.
Se nos olvidará que fuimos un año compañeros.
No te vayas todavía, no te vayas por favor… (me suena muy muy muy cursi esto ahora aquí)

Será raro ver ese asiento vacío, será raro no escucharte decir raro en francés, si, esa erre tuya que era una g, ya nadie aquí se geigá contigo cuando digas gago, ó cuando digas espera un gato, miau, ja,ja,ja. Lo cierto es que cuando tú lo decías no sonaba a gato, se parecía más a rato, sin serlo, pero, calla, que digo, no, tú no decías espera un rato, no, tú decías espera un cacho. ¡Ajá!.
Ahora esto se hará un poco más abugido sin ti y además con más trabajo. Ya nos habíamos acostumbrado a escuchar kiss F.M. Por cierto, ¿la radio era tuya?. ¿me equivoque de emisora? Ya sé que no, ella es ahora la que nos va a sobrevivir a todos, seguro que conocerá cienes de uniformes, y emitirá sus canciones por otras cadenas y a otros volúmenes. Creo que ya lo está empezando a hacer. Y también estoy seguro de que me equivoque de diál, pero un Kiss suena más gomántico.

Ahora no sé quién freirá los pinchos y los chorizos de nuestra especial barbacoa, ese ratito antes del finde, esa media oreja larga, sin h, distendida y regada en vinos y tampoco sé quién será el catador oficial, pues nada, que sin ti nos beberemos el vino picado sin notarlo regado con refresco de ese de color negro.
Al menos, el té con limón ya no me sabrá a pasta de dientes.
Oyes.
¡Que te has ido!
¡Ay va!
Pero si es cierto.
Ya no volverás a aparecer por la puerta. Jo.er.
Bien. Bueno. Vale. Perfecto. Tú lo has querido.
Adiós compañera.

Tú fotografía ha quedado como fondo del escritorio del PC.

Él, que dice que has sido su mejor amiga, te verá en ella todos los días cuando encienda el cabezón y te visitará de tarde en tarde.
Te extrañaremos un poco, otros mucho más que unos, y de vez en cuando sabremos de ti, seguro.
Oye, encuentra pronto esa casa con la que sueñas. Y si puedes, haz muchas fotografías, de las cosas que te gusten, no de las que te manden, de las gentes que aprecies, no de las que por obligación te ordenen, y …, eso, que te diviertas.
Me resulta extraña esta vida, encontrar gentes que desaparecen sin más, que pasan al lado y a las que no llegas a conocer, a las que dices adiós con un beso y…, ala, ya está. Se fueron.
¡Que diablos! Un abrazo fuerte, niña.
¿Sabes que?
… Que por mucho tiempo que pase, si algún día en un futuro lejano llego a leer esto de nuevo, cuando tú no te acuerdes, recordaré que pasaste un ratito de tu vida acá y entonces no serás un recuerdo olvidado entre tantos otros.

Sigue disfrutando de la vida. Un beso.

Santa Lucia

Hicieron de ella su canción.

Ahora, cuando él la escucha en alguna emisora de radio, en alguna terraza de un bar, le llama "ventanita", por que dice que son canciones que abren la mirada hacia el pasado, hacia los recuerdos, y Santa Lucía, de Miguel Ríos, es una ventanita para él y pide que se la pongan más alto y manda a los amigos que se callen para escucharla.
Cuando ella la oye en su viejo tocadiscos, dice que es su canción, que cierra los ojos, que le recorre por todo el cuerpo una sensación agridulce y que la estaría escuchando cien mil veces una eternidad, sin cansarse y que el destino puede ser muy cruel cuando a veces se lo propone.

A menudo me recuerdas... A alguien...

Él dice que ella le recuerda a una entrañable amiga de la juventud, una loca, apasionada y alucinante amistad, siempre colocada bajo los efluvios de gente bailando, gritando, riendo, garabateando volteretas en pos de dos ideas, paz y amor y disparando misiles en pos de una, No a la Guerra.
Ella dice que él le recuerda a su primer novio, tan atento, con una rosa en sus manos para regalar, tan dulce, tan sincero, tan poeta de pueblo, y sin embargo tan ambicioso de un destino fuera de allí, lejos, tras un porvenir, y un regresar después a buscarla, que nunca existió.

Tu sonrisa la imagino... Sin miedo...

Él, la de ella, la sueña grande, dientes blancos, risa blanca, aterciopelada, acariciadora, labios carnosos y tiernos, sin turbación, sonrisa afable, confiada, serena, plácidamente embellecida por su aplomo de cordura y serenidad.
Ella, la de él, la sueña enérgica, vital, protectora, valientemente enarbolada hacia la audacia y osadía de los que no pueden perder nada y sin embargo pueden ganar un Potosí.

Invadido por la ausencia... Me remuerde la impaciencia...

Él la añora, la desea, la intuye, se muerde las uñas, pasea cual león encarcelado, su carencia de ella le está volviendo loco, ella lee novelas de amor junto a la leña del hogar y contempla películas viejas y nuevas y se siente protagonista de "Tú y yo" y él se disfraza de Cary Grant y ella de Deborah Kerr, en Tú y yo, y se enamoran en este gran clásico del género romántico y se citan en el Empire State Building, en el piso 102, en un plazo de seis meses si siguen sintiendo lo mismo el uno por el otro y él la espera hasta medianoche y ella, ella, ella no acude a la cita por un endiablado y trágico accidente.

Me pregunto si algún día... Te veré...

Ella danza piruetas sobre las olas del mar, no pregunta, calla, únicamente escucha el ruido de una caracola, el rumor, el murmullo, el cuchicheo de las aguas, y recuerda ese novio que se fue con una promesa y no volvió, ese que le regaló el sonido del mar en la concha vacía de un molusco, y sabe que oír el rumor del mar a su través no es estar en su orilla, un día, se pregunta, ¿un día veré el mar?.
Él mira su retrato colgado en la pared preguntándose si habrá sido todo no más que una quimera, una alucinación de esas que su entrañable amiga de juventud sufría tan frecuentemente bajo los efectos alucinógenos de sustancias prohibidas, besa su fotografía y susurra... algún día te veré.

Ya sé todo de tu vida... Y sin embargo...

Esas misivas interminables, esas llamadas cortas, esas historias escritas en papel, esas preguntas, esas cartas hechas de leyenda y genealogía, un currículum autobiográfico bajo un argumento relatado en prosa y crónicas, cual trama de un libreto, tu infancia, mi juventud, tu primer beso, mi primer caricia, tu vida, la mía, tu fábula, mi cuento, tu patraña, mi enredo, mi amargura, tu tropiezo, tus deseos, mis esperanzas, tu cumpleaños, tu antiguo novio que se fue, mi entrañable amiga de juventud, en fin, tu vida, la mía.

No conozco ni un detalle... De ti...

Si estás triste ó alegre, si lloras, si sonríes, si frunces el ceño o guiñas un ojo, si tu piel está fría o cálida, si tu mirada es limpia o te delata, si tus besos saben a salado ó a jarabe de almíbar, si bostezas o tienes sueño, si estás tomando café o leyendo una revista, si te enfadas como siempre o como nunca, si hemos de discutir o perdonar, si vendrás a estar a mi lado cuando te necesite y te evoque, si querrás apoyar tu hombro con el mío cuando sea indispensable. No sé. No te conozco conociéndote tanto.

El teléfono es muy frío... Tus llamadas son muy pocas...

Esos días sin saber nada de ti, si él está vivo, si ella muerta, si él ausente ó cansado, si ella aburrida u optimista, si él celoso, si ella juguetona, si él nostálgico, si ella apenada, si él descontento, si ella risueña ó afligida, si acaso ella enamorada de otro, si acaso él besando los labios de otra mujer en su portal, por que tu voz, al teléfono, me dice mucho, cuando estás cansado, cuando estás deprimida, cuando te sientes feliz, pero no me dice nada de tu mirada, si está radiante ó humedecida, no me permite acariciarte, mesarte los cabellos o abrazarte en silencio, todo lo mucho que puedo llegar a sentir, son los suspiros que se te escapan.
No por ello dejo de pensar en ti.

Yo si quiero conocerte... Y tú no a mí...

Ella tiene miedo, él tiene esperanzas, ella un mundo que puede romperse, él un universo a su lado, magia, eso es lo que ella teme perder, que la hechicería blanca se transforme en brujería negra, que no funcione el sortilegio de buenos augurios y el embrujo transforme al príncipe en sapo, y sus ilusiones en espejismos , y él sabe que quien no se arriesga no gana, que sin aventurarse al precipicio no podrá ver la belleza del fondo de las cosas, él sabe que sin afrontar el peligro nunca vencerá la realidad y su realidad para él, era ella.

Por favor...

Dame una cita...
Vamos al parque...
Entra en mi vida...
Sin anunciarte...
Abre las puertas...
Cierra los ojos...
Vamos a vernos...
Poquito a poco...
Dame tus manos...
Siente las mías...
Como dos ciegos...

Santa Lucia...
Santa Lucia...

El estribillo se repite, se repite, una y otra, una y otra, una y otra vez, cual el rodar de la piedra de Sísifo, el rey de Corinto, símbolo de la absurda condición del hombre que tropieza siempre con las ciegas órdenes de los dioses. Si, ciegas órdenes, ciegas, invidentes humanos, invidentes. Y un destino aguardando. Y ella sueña caricias, cierra los ojos, él siente primero bajo su piel sus caricias y luego sueña. Ella no le pide la luna y él lo sabe, pero se la ofrece, poquito a poco, a pedazitos, abriéndole puertas y ventanas, caricias y cariño, dulzura, amistad.
No te lo estoy pidiendo, te lo ruego, forma parte de mi vida.

La primera vez pensé... Se ha equivocado...

Él pensó en vanas ilusiones, vanas esperanzas, un infructuoso ensayo de un efímero momento dulce, acaramelado por el sentimentalismo de dejarse llevar, ella soñó durante un rato con sus dudas, sus ilusiones, sus miedos, sus esperanzas, sus angustias, y luego posó sus pies en el suelo, cogió el teléfono y le llamó por segunda vez, que el encantamiento de la primera no se rompa, por favor, por favor.

La segunda vez no supe... Que decir...

Él vaciló, tartamudeó, dijo que si y que no, joder, joder, está al otro lado y mi realidad se ha ido, mis palabras no afloran, mi ignorancia es tan simple, que cuando quiero expresarle lo que siento, no puedo. Ella que no y que si, que bueno, que cierto, que aunque si, que pero esto o aquello, no acierta a explicar su ofuscación, no acierta a expresarse, a desempeñar con éxito su papel, eso..., un papel..., diantres, debía haber escrito en un papel lo que decir.

Las demás me dabas miedo... Tanto loco que anda suelto...

Él piensa en la estupidez de esos días en que imaginó, en engaños y mentiras, en falacias, en hipocresías y medias tintas, medias verdades y medias mentiras, en disimuladas afectaciones, en dobleces, en una broma de muy mal gusto y ella le llegó a imaginar vil, seductor, mentiroso, picaflor, ignorante y fatuo, en comediante de ficción, en embaucador tramposo, en fullero de casinos, en Don Juan Tenorio.

Y ahora sé que no podría vivir sin ti...

Cuando oyeron su canción por primera vez, juntos, en el café de la Plaza España, tres citas después de la primera en el parque, bajo la sombra de los arces, supieron que sus vidas seguirían sendas paralelas, sin invadir el camino del otro, pero siempre juntos, les gustó esa canción de Miguel, el Rey de la música Rock, y la hicieron suya. Quien dice que Miguel, convertido en duende del tiempo no se la robó a ellos de sus vidas, no se inspiró en su historia para cantarla en la noche del presente y del futuro.
Y supieron que esa sería su canción.
Y supieron que vivir juntos sería su realidad.
Y supieron que llevaban mucho tiempo enamorados.


Dame tus manos...
Siente las mías...
Como dos ciegos...
Santa Lucia...
Santa Lucia...
O santa lucia...

Y un día se conocieron en el parque, las caricias, el tacto de una piel sobre la otra les abrió los ojos, les mostró un mundo nuevo de sensaciones, de abrazos, de ternura, de pasiones, de carantoñas y arrumacos, de mimos, de lisonjas, de besos dulces. Pero no como dos ciegos, como dos videntes, ellos dos, que eran capaces de ver los colores de las flores y la luz del alba, cuan lejos estaba aún el día, el presagio, la fatalidad de esa letra de canción.

Y hoy, después de muchos años, se han vuelto a sentar en el mismo banco del parque, el de su primera cita, donde por primera vez se miraron a los ojos, se tomaron de las manos, no supieron que decir, pero donde trocaron su simpatía en cariño y su amistad en amor.
Él pasó sus dedos sobre su rostro, le dio un beso, le dijo un te quiero repetido, ¡ Te quiero, Lucía! . Ella le contestó, yo también te quiero, mucho más de lo que jamás puedas llegar a imaginar y luego prosiguió, ¿nos vamos?, hace frío, tomemos un café en la Plaza España, les pediré que vuelvan a poner nuestra canción.
Lucía entrelazó su brazo con el de su esposo, recogió el bastón blanco que dormitaba sobre el banco del parque y le dijo, déjame que hoy sea yo tus ojos, a veces, pienso, ¿será el destino el que hizo de Santa Lucía nuestra canción?. Es nuestra, pero me sabe agridulce.
Y él piensa que es una canción preciosa, que lo era hasta hace seis meses atrás en que quedó irreversiblemente ciego, y que lo seguirá siendo después, mucho después, eternamente después.

Soldadito universal

Se puso su uniforme para salvar al mundo, ya que antes de llegar a general él tan sólo fue un plebeyo vagabundo destripaterrones sobre su país belicosamente dividido entre los gentiles nobles, de brillos amarillos y cristalinas enjoyadas vestimentas y los parias embrutecidos por arados y horcas toscamente talladas de maderas que un día se usarían para otros menesteres, horquillas que cambiarían la paja y el heno por la sangre y la carne, que trasmutarían el amarillento pajizo por el cardenalicio rojizo, el trigo por la sangre, el pan por la barbarie, el maná de Dios por la muerte de la sinrazón.
Soldadito universal, soldadito universal. Donde, donde, ¿Dónde vas?
Voy a pelear, voy a ganar batallas, voy a colocar mi bandera más allá de mis fronteras.
Dejaré mi horca de madera, dejaré mis campos, y me colgaré un fusil a la espalda, me pondré un uniforme verde, azul ó gris, ¿eso que más da? , más será un uniforme militar, calaré mi bayoneta y has de saber que he de matar con ella.

Muéstrame tu bandera blanca y vivirás arrodillado, pelea por tu hogar, tu familia, tus hijos, tu libertad, tus ideales y terminarás degollado, mi enemigo de al otro lado, terminarás degollado, acabarás guillotinado, morirás decapitado, pero ríndete y me deberás pleitesía por el resto de tus días, sumisión servil y respetuosa reverencia, postrado y arrodillado, humillado y derrotado.
Te lo digo a ti, desheredado villano, no a tu amo, no a tu jefe, tú que puedes unirte a mis ejércitos y no a quien pretende formar otras milicias para impedirme ganar, a ese, a tu capitán, para él no hay piedad, no hay clemencia. Para él el cadalso espera.

Mi enemigo de al otro lado, no me impidas el paso, te tenderé un puente de plata para que huyas, llévate mujeres, pertenencias y ganado, pero tu casa la dominaré y será mía desde el día en que mi bota holle tu territorio, no seas abnegado, ni altruista, ni con un acto generoso te me muestres como aliado, yo no hago amigos, mi enemigo de al otro lado, yo no dejo a mis espaldas ni escorpiones ni serpientes traicioneras, huye, ó acabarás con tu ofrenda, con tu alianza, atravesado por mi bayoneta, o quizá, ante el horror que vieras, terminaras inmolado sobre un río de cuerpos desmembrados, ensangrentados y vejados.

Y tu territorio se llamará coronelandia, porque un día coronel serás . Y extenderás tus fronteras ganando batallas de guerra, batallas de guerra. Mi coronel, mi coronel, tu caballo dice que ya está cansando de ver tanta variedad de hierba roja y caliente, de sangre y de muerte, y dice que necesita un descanso.
Matadle, matadle y traedme otro, fuerte, joven, vigoroso, pero dócil y manejable y manipulable para la causa.

Soldadito universal, un día llegarás a general y entonces perderás la guerra, la perderás el día que mueras y la ganará la humanidad.

Acabarás tus días luchando por una tierra que nada se te había perdido en ella, venga, va, más y más fronteras violadas, más y más naciones ultrajadas bajo la sombra de tu bandera.
¿Dónde está tu afán inicial de salvaguardar al mundo? ¿Dónde tu uniforme de soldado universal? ¿Dónde tus ideas solidarias de una lucha de igual a igual? .
Se marcharon soldadito universal, cuando , cuando, cuando te colgaron las estrellas y te nombraron General, cuando cambiaste tus barras del uniforme de faena por tus galones de uniforme de gala y cuando permutaste tu fusil con bayoneta por tu catalejo y tus cartas geográficas y tus soldaditos de plomo sobre el tablero de la mesa de campaña, cuando dejaste de avanzar a pie y te sentaste, cuando dejaron de salpicarte a la cara las gotas de sangre del enemigo violentado por una granada y las trocaste por gotas de sudor bajo tu tienda de campaña allá a lo lejos, en la cima del monte, donde apenas llegan los gritos de pánico del dolor de las heridas abiertas y el llanto pavoroso del moribundo destrozado a golpes, de tus enemigos, General, de tus enemigos, aunque has de saber, que esos que vociferan son también, como tú en otros tiempos, soldaditos universales de tu propio ejército, de tu propio ejército, General.
Mi general, el día que mueras, te maten, te pierdas, renuncies, te canses, abandones, te arrepientas, no sé, se te ocurra dejarlo todo por cansancio, por hastío, por aburrimiento, por remordimiento.

El día que envaines tu bayoneta, ese día, ese día habrá ganado la Humanidad.